“Eran los primeros meses de universidad. Llegaba la hora de
cenar y ya no me quedaban platos precocinados, por lo que era hora de tener que
volver a intentar preparar algo decente por mi cuenta. La tarea siempre me había resultado complicada debido a que
durante el primer año de universidad mis conocimientos acerca de los diversos
utensilios de cocina no iban mucho más allá de saber de su existencia.
Aquel día, el objetivo fue freír unas pechugas de pollo y
acompañarlas con algo en lo que podía considerarme un poco diestro, preparar
una ensalada. Todo parecía haber salido correctamente, solo podían apreciarse
los típicos desperfectos característicos de alguien que no sabe cocinar. La
encimera y la pared estaban cubiertas de gotitas de aceite y había utilizado
más vajilla de lo necesario.Cerré la puerta de la cocina y fui a cenar al comedor
mientras veía la televisión. Pasado un rato, terminé la cena y me dispuse a
llevar los platos sucios de vuelta a la cocina, y al abrir la puerta me
encontré con una desagradable sorpresa. Resulta que había dejado la sartén con
el fuego encendido a alta temperatura y la cocina estaba llena de humo negro a
pesar de que la sartén estaba cubierta con una tapa de cristal. Todo olía fatal y no sabía que hacer exactamente porque
nunca había vivido algo así. Aparté la sartén del fuego y lo apagué antes de
que la cosa pudiera empeorar, si aún podía. A partir de ese instante, no tenía
ni la menor idea de qué hacer con la sartén y el aceite quemados. Se me ocurrió
la brillante idea de sacarla a la terraza porque optimistamente creía que se
enfriaría al cabo de un rato, aunque solo conseguí que todo el vecindario
oliera a quemado.
Pasaron un par de horas hasta que pude volver a meterla
dentro de casa. Mientras tanto se me vinieron a la cabeza todo tipo de ideas a
cada cual peor sobre qué hacer con la sartén. Finalmente la dejé en un extremo
de la encimera con agua muy fría y al día siguiente conseguí limpiarla, y para
mi sorpresa, ¡la sartén todavía servía!
Cada día que cocino con ella recuerdo aquella anécdota como
algo divertido, aunque pudo tener consecuencias mucho peores. Por suerte, de
los errores se aprende y con el tiempo he aprendido a cocinar y desenvolverme
por mí mismo.
Y lo más importante, ¡nunca más he vuelto a dejarme el fuego
encendido!”





